Sunday, July 31, 2011

Salí a buscar mi cabeza y rejuntar mi osamenta / cuento


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Edward S. Curtis, «Geronimo Apache»


«... You told your soldiers to put me in prison, and if I resisted to kill me. If I had been let alone l would now have been in good circumstances, but instead of that you and the Mexicans are hunting me with soldiers... The Indians always tried to live peaceably with the white soldiers and settlers. One day during the time that the soldiers were stationed at Apache Pass I made a treaty with the post. This was done by shaking hands and promising to be brothers. Cochise and Mangus-Colorado did likewise»: —-Geronimo, Geronimo's story of his life, In Prison and on the war path, 1909.
Poco a poco, él fue abriendo los ojos. Tosía, dolía su pecho por causa de una neumonía y recuerda que cayó del caballo cuando iba rumbo a su casa, una celda.

La noche estuvo tan fría que las manos del amigo que lo ayudaban a incorporarse, con la meta de subirlo a su caballo nuevamente, las sintió como brasas; pero era un apache chiricahua. Se tranquilizaría. La primera confesión no pareció objetiva, sino racional. ¿Estará enloquecido? «Salí a buscar mi cabeza y rejuntar mi osamenta», dijo el caído.

Entonces, el amigo de sus angustias y su tribu, conocedor del dolor, no se enojó al oírlo: «Me confundíste. Delirabas». El accidentado había despertado en Skeleton Canyon, y dirigía su plática, casi a salivones de murmullos, a un tal Lawton por interlocutor, quien lo presentaría ante el General Nelson Miles. «Pero no soy Lawton ni estás en el Cañón de las Osamentas. Deliras desde que caíste del caballo».

«No debí, entonces, decir eso, supongo», dijo el apache.

Seguramente, soñó con el año de 1886 y su rendición. Quedó de nuevo como muerto. Y le frotaba la garganta y el pecho. Sabía que volvería en sí y, cuando lo hizo, mencionó que el mismo Theodore Roosevelt iría a verlo a la Feria Mundial de St. Louis; se dice eso, por de pronto, y se le protegerá de la mexicanada que lo aborrece. «Es por lo que voy rumbo al Fuerte Sill».

Los colonos mexicanos que fueron a la Feria quemaron las fotografías que anunciaron a Gerónimo como una celebridad de los Shows del Oeste. Matar mexicanos para él no fue un show. Tal vez lo sea para los anglosajones que lo subieron ferris como payaso. Venden dibujos suyos y librejos como souvenirs. Y son historiejas adulteradas. nNo son sus memorias. Ninguno ha preguntado el por qué de su belicismo. El no puede entender todo lo que sobre él se dice en St. Louis.

«¿Te robaste el caballo o lo pedíste prestado?»

Y sonrió. Le gusta saber que al menos uno le sabía su nombre: «¡Y no es Gerónimo!» Los folletos conn su retrato mienten.

De pronto le preguntó qué hacía, tan viejito ya, fuera del Fuerte Sill, de Oklahoma, donde vive cautivo. Es prisionero de guerra y, como tal morirá y será enterrado. «Prisioneros es lo que somos», le dijo tres días antes de que muriera de pulmonía el 17 de febrero; pero él no está sino viviendo la súbita acronía. Se ha perdido en el tiempo, tres días antes de su entierro.

De la fecha que lo regresa a su verdad, el amigo detectó el año 1904. Mas son cinco años en ese curso, pasado el invierno. Es cierto que estuvo en World's Fair in St. Louis, y el Presidente Theodore Roosevelt lo invitó a desfilar con él. No será. Ya fue. «Enronces, no debí decir próximamente ni que Roosevelt fue quien dijo los dos como Grandes Guerreros». El es un cobarde bien armado. Dijo que sí, porque es tímido, sencillo, casi no entiende el inglés, sabe cinco palabras: Yes, Not, War, Peace y Brother. No ha podido decir esta última palabra a nadie que la merezca: Brother.

«No debí decir que voy a desfilar con ese perdonavidas cobarde». Ahora entiende que ni Nelson Miles ni Roosevelr ni el General Crook (quien le impuso la reclusión en el fuerte de Oklahoma) son amigos. Mucho menos hermanos. «No debí decirlo de ese modo».

Y, en su letargo, el jefe creyó que le contaba sobre estas cosas al sobrino. Salió de la celda porque quiso ver sus tierras, así también lamentarse de haberse rendido. Aún le quedaba mucho odio, más que antes, durante su juventud, y lo canalizaha hacia los mexicanos, mas ahora contra el yankee. Vería si las provincias incendiadas se han reconstruído: así en medio de los rojos paisajes de Arizona, así tras los nopales yendo a New Mexico, y hacia Texas. Ahora, pese a que los holandeses de la Iglesia lo han instruído para que sea vehículo de perdón y arrepentimiento, el odio sigue a pleno trote. Lo que hace es mover el odio de un lado para el otro. Aún así, cree que odia más a los hombres blancos de Oklahoma y de Missouri, incluye a los holandeses y a unos peregrinos que mientan los que van a las escuelas.

«¿Avisaste a la iglesia cristiana de este paseo?» Entendió que dijo que sí, mas revalúa. «No debí hacerlo». Cambió su dios natural, robó autoridad a los Grandes Espíritus, canjáeandolo por ese Dios cristiano que ninguna de sus esposas quiso. Ni Alope ni Ta-ayz-slath, ni Chee-hash-kish. A los dioses blancos no le gusta el indio lujurioso. Nana-tha-thtith se quejó. Cuando é; no era cariñoso, por tanto odio encerrado contra el blanco, Zi-yeh no recibía sus besos. She-gha o Shtsha, ninguna de sus noches de amor, por lo que todas comprobaron que no volvió a endurecerse el hueso suyo de fecundar a las hembras.

En el paisaje de Bedonkohe, cerca de Turkey Creek y el río Gila, comenzaron a asentarse mexicanos y ni su Abuelo / Mako / jefe de apaches de Bedonkohe ni su padre, ni sus tres hermanos, confiaban en los colonos de los asentamientos.

«¿Fuíste a espiar a los mexicanos?», le pregunta el amigo. El tiene su espíritu vagando por Sonora, donde también había mexicanos y los odió porque mataron a su esposa, a la que obtuvo desde que ella cumplió 17 años y le dio sus tres hijos. Una compañía de 400 soldados, con el coronel Carrasco en comando, entró a donde tuvo su vivienda y su esposa Alope, cuando él era Goyahkla, y padre pacífico y no tenía rol de guerrero en la tribu de Mangas Coloradas. Nació el odio por estos soldados por la sola razón de lo que hicieron. Y, ese día, 6 de marzo, según los calendarios de mexicanos y blancos, año de 1858, él cambio. Dejó de ser varón para ser una bestia anima.

«No debíste cambiar». Mas ha cambiado. Y mucho tiempo y cambio han sido que olvidaron que su nombre es Goyahkla, bostezo pacífico, tranqulidad regocijada. Ha cambiado y lo designan como el Terrible Bostezo del Dragón . Este despierta y esparce su aliento, con fuego y muerte. El jefe Cochise, buen guerrero, lo vio cambiar, pasar de la calma a la dragonticidad terrible y juntaron odio para vengar los ultrajes y asesinatos cometidos por los soldados sonorenses y mexicano. Antes eran tres grandes apaches. Pacíficos. Juguetones.

Se hizo cristiano. «No debíste». Confiesa que sigue creyendo en la vida después de la muerte y discierne si el odio después de la muerte también se persiste. Su espíritu se escapó para observar si la tumba del Coronel Carrasco ha sido saqueada. «La mía lo fue». Y después pasó de Sonora a (Janos) Chihuahua. Rememoraría sus rebatiña en lugares como el norte del país Opata. Ante ellos hizo el nombre de Mangas Coloradas sinónimo de venganza brutal. Lo llamaron «el Terrible» y se calculó que, entre 1820 y 1835, los apaches mataron a 5000 mexicanos, obligándolos a esconderse bajo las faldas de los blancos y de sus mujeres con ojos azules.

Dijeron que Gerónimo / Goyahkla / destruyó unos cien poblados desde el primer bostezo de odio suyo en inmediaciones del suroeste. «No debíste, Goyahkla». Vengada la matanza cometida por Carrasco, no volvió la paz. Un par de generalazos, tal por y para cuales, Howard y Stanley de la División Armada del Pacífico lo acorralaron, ayudaban a sus enemigos y fueron quienes testificaron ante el Senado Federal que Gerónimo / Goyahkla / y sus Mangas Coloradas / habían admitido sus culpas, autocondenándose como peligrosos forajidos. «No debí dejar que dijeron esa mentira», dijo.

Y su espíritu voló con delirios de neumonía. Recordó que no habría perdones condicionados. El cautiverio por vida es preferible «a la libertad de la muerte», le dijeron. No entendía que ello fuera posible. Mas dijo: «Sí, y no debí asentir a eso».

Recordó la última feria a la que acudió en St. Louis. Le dijeron cuando lo sacaron de la celda: «El Presidente de los EE.UU. permitirá que vayas. No se enojará. Ha autorizado que se te proteja. Nadie va a golpear a un apache viejito. El Presidente estará, desea verte y mirar las suertes de enlazado con sogas que seas capaz de hacer para atar a las reses, al mejor estilo del Wild West... Dále ese gusto al Gran Jefe Blanco porque es la Feria Mundial de St. Louis», y, aunque lo persuadieron, odiaba al blancos y a los mexicanos, aunque no osaron hacer más daño que humillarlo en el ferrs y en meterlo de regreso a una jaula como si fuera un becerro o perro muy bravo.

Advierte la debilidad de su cuerpo, empero siente más libre su pensamiento. El espíritu se le escapa de los huesos, sale por sus poros y, como si hablara con su nieto, o gente que le puso su nombre Goyathlay o Goyahkla, en su nativa lengua Chiricahua, habla que te habla. La vida diele felizmente esta noche que, al menos, se acompaña con uno no lo llama Gerónimo. Es lo que más odia en la vida, ese nombre que le pusieron los blancos. «No debí permitirlo».

«No debíste salir del Fuerte, Goyathlay», le dijo el amigo, porque lo llamaban eronimo the Terrible como en los folletos que se venden en St. Louis. Uno que bosteza ira. Bostezo de monstruosos vientos del Mal. Dragón, el Terrible. Y él sabe que se ha ganado el odio para siempre. El odio acumula odio. Sabe que morirá y ya, montado sobre el caballo, rumbo al Fuerte, dice a quien cree que es su nieto: «Asegúrate que pongan mi cabeza junto con todos mis huesos; porque yo tengo que volver a la tierra y terminar con mis enemigos».

Cuando murió, tal como predijo y advirtió al presunto nieto, los más burlones enemigos, mismos que lo usaban en las ferias para explicarse la cantidad de arrugas que son posibles en rostros oscuros, fueron a su tumba a robarse su osamenta y se antojaron de su cráneo. Dentro de éste, escupían, aún lo utilizaban de urinaco él y/o quemaban el tabaco u otras hierbas durante sus invocaciones de demonios. Miembros de la sociedad secreta de la Universidsad de Yale, «Skull and Bones», robaron del cementerio en Fort Sill este último bostezo de energía, juego del éter, que el Jefe apache salió a buscar aquella noche, arriesgándolo todo.

El robo produjo un rugido humeante, muy grande. Hubo que llevarse la cabeza. Dar varios paletazaos sobre el cadáver, todavía no seco y pelado de la calavera, separar la cabeza. Birlarse el cráneo. Les produjo miedo. «Dirán que trataste de escapar, Goyathlay. Si no te subo al caballo, puede que los soldados hasta nos disparen por la espalda; ya no inspiramos miedo».

«No debí morir aún. Fui a ver mis huesos y mi tumba. Y mi cabeza no está. Dí, cuando ya no pueda hablar contigo, que la devuelvan a la Resetvación Apache y que la añadan a mis restos, junto a mis huesos. Que tenga mi cabeza donde están el organismo... y más alta que mis pies, mis dedos, mis manos, mis esencias».

Y cerró los ojos y no volvió a hablar al presunto nieto.
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